A través de una ventana enrejada que invadía la acera, la vi sentada en una desvencijada silla de madera, a solas en medio de un oscuro pasillo y junto a una puerta entreabierta de la que apenas salía luz.
Parecía estar doblando, con la parsimonia de quien no tiene más que esperar a que el tiempo se acabe, pequeños paños blancos que cuidadosamente iba colocando sobre sus rodillas. Su piel negra como el azabache contrastaba con el único atuendo que llevaba puesto, una bata blanca y arrugada que le quedaba muy grande, dejando su delgado cuerpecito perderse dentro. Su rostro mostraba el implacable paso de los años y llevaba el poco pelo que le quedaba, recogido bajo un pañuelo azul flojo anudado en la nuca.
Levantó la mirada y nuestras vidas se cruzaron en el instante en el que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad donde ella vivía. Aquella escena era sin duda una fotografía de esas que pocas veces se consiguen en un viaje y que hacen que todo el esfuerzo valga la pena. Era un fotón de los que cuentan una historia. Levanté mi cámara y las cejas en un mismo gesto pidiendo permiso para fotografiarla. Me dijo que no con un dedo. Y sin preguntar nada más, bajé la cámara y me quedé delante de la reja, sin consuelo y sin poder dejar de mirarla.
Al cabo de unos minutos y al ver que no tenía intención de marcharme, me sonrió tímidamente y me hizo señas para que entrara…
Después de ofrecerme la única silla rota que tenía y de indicarme cómo debía apoyarla junto a un barril viejo para poder sentarme sin caerme, se presentó y estuvimos un par de horas hablando en medio de aquel pasillo tétrico y lleno de cucarachas. No me atreví siquiera a tener miedo porque aquella mujer no se merecía esa falta de consideración por mi parte. Simplemente dejé de mirar el suelo y me perdí en sus ojos tristes y su sonrisa eterna.
Terminó de doblar lo que me explicó eran paños de vendaje para tratarse la úlcera que tenía en su pierna desde hacía más de un año y que no llegaba a cicatrizar. Pensé entonces que algunas heridas del alma a veces tampoco cicatrizan nunca aunque pase una visa entera…
Rosa Mancebo me contó su vida, me preguntó por la mía y hablamos de amores olvidados, de amores del pasado y de amores prohibidos, a los que nombramos tapándonos la sonrisa cómplice de la boca como escondiendo el placer de haberlos vivido…
Ay! las mujeres siempre estamos hablando de amor, tengamos la edad que tengamos…
Mientras conversábamos compartió conmigo la poca fruta que una vecina le había llevado. Comimos allí mismo, sentadas en aquel pasillo sucio y destartalado justo delante de la puerta de su «casa», que no era más que un cuartito de cinco metros cuadrados, sin ventilación, que alguien le alquila por unos pocos pesos. Con tan solo una cama con un colchón vencido y una cómoda rescatada de algún lugar de su pasado, apenas había sitio para moverse. Una diminuta cocinilla con el esmalte descascarillado y oxidado apoyada sobre una madera podrida, era toda su cocina. Y en un pequeño rinconcito, una mesita acomodaba las fotos de aquellos que hace tiempo la olvidaron…
Al terminar mi fruta, me invitó a entrar en su cuartito y ella misma me lavó las manos cuidadosamente vertiendo un poco de agua desde un pequeño cubo de plástico, porque Rosa, en el cuchitril donde lleva viviendo los últimos quince años de su vida, no tenía lavabo, ni ducha, ni sueños, sin embargo le sobraba hospitalidad y ternura de esas que uno jamás espera…
Cuando me marchaba, me acompañó hasta la reja de la calle para despedirme. Me agarró de la mano, me miró a los ojos y me dijo:
– Gracias «mija»…
– Gracias a usted, Rosa. Por regalarme la mejor fotografía que nunca llegué a disparar…
Santiago de Cuba.