A estas alturas de mi vida, me he ganado a pulso el poder decir: “Me reservo el derecho de admisión…”
Si no vienes con ganas de echarle arrestos al camino aunque te hayan saqueado la vida, con la sonrisa por bandera y dispuesto a volar por tu cuenta, será mejor que continúes tu viaje. No esperes encontrar en mi a alguien que te rescate de tu pasado o de tus miedos. Nadie puede salvarte más que tú mismo. Aprendí bien esa lección y créeme si te digo que la tengo grabada a fuego en la frente para verla cada mañana cuando me miro al espejo.
No pienso volver a perder el culo tratando de caminar detrás del decidido y orgulloso paso firme de nadie. Al final siempre termino desgreñada, intentando seguir un ritmo imposible, con la lengua afuera y los ojos desorbitados, tratando de disimular estoicamente que perdí la dignidad en algún recodo del camino.
Paso de los indecisos, de los que no saben si quieren o no. De los que no saben lo que quieren, ni cuando lo quieren, ni si lo van a querer algún día o si no, aunque puede que sí, pero igual no…No me quedaré a ver mutilar margaritas. Tampoco tengo intención de sentarme a esperar a que llueva café con quien no sabe qué hacer para matar el tiempo. Yo al tiempo lo quiero vivo e intenso y lo exprimo siempre que puedo; matarlo de momento no entra en mis planes…
Pasa de largo si no estuviste en la fila el día que repartieron la franqueza y eres de los que prefieren no hablar las cosas y sufrirlas en silencio como las hemorroides. Ya no tengo edad para adivinanzas y tampoco permitiré que nadie vuelva a torturarme con silencios impuestos, agrediéndome despiadadamente con ellos sin ensuciarse las manos.
Paso de los que prefieren un disfraz a desnudarse por completo y mostrar a la luz sus imperfecciones. Paso de los que se atrincheran esperando el mejor momento para actuar o para salir corriendo sin mirar atrás, juzgando todo aquello que no se atreven a vivir.
Paso de gurús, de resabidos, y de ilustres. Paso también de protocolos, de reverencias y de composturas frágiles y rebuscadas que no sé ni lo que significan. Creo firmemente en que en la sencillez está lo auténtico y eso me lo aplico para todo. 
A mi me gusta pisar los charcos y llenarme las botas de barro, preguntar lo que no sé y decir siempre lo que siento. No voy a ningún sitio sin mi ingenuidad y curiosidad natas a las que despierto cada mañana con un buen café negro.
Me niego a volver a pasar hambre, maldita sea. Hablo de hambre con mayúsculas, de esa que va matando sin escrúpulos las ilusiones y el amor por uno mismo. Hambre de risas espontáneas, de las que brotan sin permiso cuando haces el ridículo, o cuando parece que ya nada puede salir peor. Hambre de caricias al alba, de miradas cómplices que susurran sin voz, de despertares del alma, de atardeceres en calma, de noches de pasión y desvelos…
Me niego a perseguir lo que la corriente se llevó demasiado lejos, lo que no me quita la sed ni me abraza los suspiros, lo que me mantuvo dormida sin un sueño que cumplir y con demasiadas asignaturas pendientes.
Me niego a negociar libertades. No voy a renunciar al privilegio de elegir si mañana quiero despertar en Kathmandú fotografiando un amanecer o si prefiero pasarme la tarde de un lunes en pijama, leyendo entre sábanas de algodón, con la tristeza encendida y el teléfono desconectado. Quiero ser libre de soñar despierta, de abrigar recuerdos, de lanzarme a ciegas, de guardar silencio, de volar sin más…
Así que se admiten aquellos que quieran estar de verdad durante el tiempo que decidan quedarse. A los que vivan aquí y ahora. A los que sueñen y persigan sus sueños como locos sin importarles una mierda lo que pensemos los demás. A estas alturas ya sólo puedo permitirme gente auténtica. Esa que se ocupa de vivir y no se preocupa de nada más.
Se admiten a los que sienten a lo grande. A los que vienen con todo. Gente con los brazos abiertos y el alma desnuda. A los que les da igual quedarse con el culo al aire con tal de hacer lo que de verdad sienten y que les hace piruetas en las tripas.
Se admite a valientes con el corazón lleno de cicatrices, a imprudentes con remiendos en el alma y las manos llenas de ganas. Aquellos que vuelven una y otra vez a dar la cara, a riesgo de que se la partan, pero capaces de mirarte a los ojos y mostrarse sin disfraces ni envoltorios, tal y como verdaderamente son y se deciden, sin más, a acompañarte un trecho del camino…
Me encontrarán aquí o allí. Donde he estado siempre o donde me lleven mis pasos. Ahora más completa, más consciente, más libre y, a partir de hoy… con un año más en la mochila…

Texto:

Sandra Oval