Cuando éramos pequeñas, mi madre rompía la rutina de los días llevándonos a la azotea a tender. Para mi hermana y para mí, que pasábamos los veranos enteros en casa exprimiendo la imaginación hasta dejarla como papel de fumar, aquel momento era como salir al recreo.
Subíamos en estampida hasta la sexta planta del edificio corriendo atropelladas delante de mi madre, que subía despacio con el balde de plástico apoyado en la cintura y lleno de ropa hasta arriba. Esperábamos con impaciencia a que ella recorriera los dos pisos que nos separaban de la libertad y abriera con sus llaves la puerta de chapa verde, para echarnos a correr en círculos chillando como locas de alegría. Todo el tiempo orbitábamos a su alrededor, jugando a atraparnos y refugiándonos tras ella para que la otra no nos alcanzara. Durante el tiempo que estábamos allí, yo inventaba juegos diferentes, alternando de uno a otro sin haber acabado el anterior. Mi hermana, más pequeña, trataba en vano de seguir aquel ritmo apresurado y caótico que yo marcaba con ansiedad atropellada. La que otorga la inminente certeza de que la felicidad es tan efímera e inesperada que hay que aprovecharla antes de que desaparezca.
Mi madre, sin embargo, entraba en una especie de trance lento. Tendía la ropa con parsimonia y cuidado, siempre en las dos liñas que le correspondían de las diez que había colocadas para los inquilinos del edificio. Estiraba las sábanas con la habilidad ensayada de quien lo ha hecho millones de veces y mientras sus manos trabajaban disciplinadas colocando cada traba de madera en su lugar, su pensamiento volaba lejos de allí, batiendo las únicas alas que ella era capaz de desplegar.
Las tres nos evadíamos de la rutina en la excursión a la azotea. Nosotras dejábamos escapar la energía desbordante de una infancia contenida y con las costuras demasiado estrechas. Mi madre dejaba escapar a borbotones sus sueños.
Hace unos días le pedí que me dejara fotografiarla tendiendo unas sábanas. Necesitaba poner imagen a mis recuerdos y volví con ella de nuevo a la azotea después de muchísimos años. Fue como subirme al DeLorean y retroceder a los años 70 a través de dos tramos de escaleras que destilaban cierto olor a olvido. Todo estaba igual, la puerta de chapa verde descolorida, el suelo de baldosas con las capas de pintura desgastada, las dos liñas reservadas para cada vecino del edificio. Las mismas grietas en la pared y en el alma. Todo permanecía en el mismo lugar, pero ahora también todo me pareció mucho más pequeño. El espacio, mi madre y la vida. Sobre todo la vida…
Fotografía y texto: Sandra Oval
Has plasmado muchas azoteas que han sido nuestra libertad.Nuestro momento de respirar. Ese trocito en el edificio que cuando subíamos expulsábamos nuestra ansia de vivir. Tienes la magia de hacernos sentir con tus palabras y aflorar sentimientos que nos cuesta expresar. Eres maravillosa Sandra.
Muchas gracias mi niña!!!! Me alegra que te sientas identificada. Un abrazo enorme!!!