Tras las cortinas

Tras las cortinas

Cuando era niña me escondí un día tras las cortinas azules del despacho de mi padre. No estaba jugando a nada. Simplemente me quedé muy quieta, casi sin respirar y esperé a ver qué pasaba.
Desde allí podía ver parte del salón de la casa que en aquella época no se usaba mucho. Era para las visitas. Una especie de escaparate para aparentar. Menuda mierda. El espacio más grande de la casa estaba totalmente desperdiciado porque, encima, apenas venía gente a casa.
También podía ver parte de la cocina. Mi madre hacía de comer y entraba y salía del ángulo en el que yo podía verla a través de la tela. Mi padre estaba viendo la tele en la salita, fuera de mi campo de visión y mi hermana pululaba de acá para allá entrando en la cocina una y otra vez para decirle a mi madre que tenía hambre. Como si el hecho de informarla cada tres minutos consiguiera que las papas se fueran a freir mas rápido.
Allí me pasé un buen rato. Respirando mi propio aliento con la tela pegada a la cara.
Al principio era como tener un super poder. Yo podía ver y escuchar sin que nadie supiera que lo hacía. Y además iba a asistir en primera fila al momento justo en que repararan en mi ausencia. Podría ver cómo se preocupaban por mí.
Después de más de media hora, que se me hizo eterna porque me sudaban los pies y me resbalaba sobre el granito, salí frustrada de mi escondite y me incorporé a la vida familiar como si nunca hubiera desaparecido. Nadie me dijo nada.

Moraleja: sal de la cortina, no sirve para nada y además sólo te aburres tú.

Fotografía y texto: Sandra Oval

Sandra Oval
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La azotea

La azotea

Cuando éramos pequeñas, mi madre rompía la rutina de los días llevándonos a la azotea a tender. Para mi hermana y para mí, que pasábamos los veranos enteros en casa exprimiendo la imaginación hasta dejarla como papel de fumar, aquel momento era como salir al recreo.
Subíamos en estampida hasta la sexta planta del edificio corriendo atropelladas delante de mi madre, que subía despacio con el balde de plástico apoyado en la cintura y lleno de ropa hasta arriba. Esperábamos con impaciencia a que ella recorriera los dos pisos que nos separaban de la libertad y abriera con sus llaves la puerta de chapa verde, para echarnos a correr en círculos chillando como locas de alegría. Todo el tiempo orbitábamos a su alrededor, jugando a atraparnos y refugiándonos tras ella para que la otra no nos alcanzara. Durante el tiempo que estábamos allí, yo inventaba juegos diferentes, alternando de uno a otro sin haber acabado el anterior. Mi hermana, más pequeña, trataba en vano de seguir aquel ritmo apresurado y caótico que yo marcaba con ansiedad atropellada. La que otorga la inminente certeza de que la felicidad es tan efímera e inesperada que hay que aprovecharla antes de que desaparezca.
Mi madre, sin embargo, entraba en una especie de trance lento. Tendía la ropa con parsimonia y cuidado, siempre en las dos liñas que le correspondían de las diez que había colocadas para los inquilinos del edificio. Estiraba las sábanas con la habilidad ensayada de quien lo ha hecho millones de veces y mientras sus manos trabajaban disciplinadas colocando cada traba de madera en su lugar, su pensamiento volaba lejos de allí, batiendo las únicas alas que ella era capaz de desplegar.
Las tres nos evadíamos de la rutina en la excursión a la azotea. Nosotras dejábamos escapar la energía desbordante de una infancia contenida y con las costuras demasiado estrechas. Mi madre dejaba escapar a borbotones sus sueños.
Hace unos días le pedí que me dejara fotografiarla tendiendo unas sábanas. Necesitaba poner imagen a mis recuerdos y volví con ella de nuevo a la azotea después de muchísimos años. Fue como subirme al DeLorean y retroceder a los años 70 a través de dos tramos de escaleras que destilaban cierto olor a olvido. Todo estaba igual, la puerta de chapa verde descolorida, el suelo de baldosas con las capas de pintura desgastada, las dos liñas reservadas para cada vecino del edificio. Las mismas grietas en la pared y en el alma. Todo permanecía en el mismo lugar, pero ahora también todo me pareció mucho más pequeño. El espacio, mi madre y la vida. Sobre todo la vida…
Fotografía y texto: Sandra Oval

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Mi madre huele a madrugada

Mi madre huele a madrugada

C

Mi madre huele a madrugada. A pasos silentes antes del alba. Al aroma del café recién hecho impregnando la noche moribunda, que viene a acompañarla en su desvelo y siempre la encuentra en la cocina. No hablan entre ellas, tan solo se acompañan en silencio compartiendo ese efímero espacio de tiempo, huérfano de ruido y preñado de sueños deshabitados.
Mi madre sabe a certeza, la del camino que siempre me conduce a ella. La del amor inapelable que no muta, ni finge, ni se desgasta. Refugio inagotable de espera infinita, que no deja de abrazarte el alma hasta que consigue vaciártela de soledad.
Mi madre sabe a certeza, sí. Y a silencios congelados. A prudencia masticada y a dolor disimulado, de ese que uno se lame a escondidas cuando se apaga la luz y ya nadie puede verte. A eso sabe mi madre, a amor del de verdad.
Y cuando cierro los ojos, mi madre suena a arrorró. Del que aún recuerdo en mi cuna y susurraba a mis hermanos. Del que te abriga los miedos y te espanta el desamparo. Y siempre trae de vuelta el olor a maresía, arrastrándote de nuevo al refugio de su abrazo, del que casi me olvidé un día..

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Lo que esconden los tejados

Lo que esconden los tejados

En un segundo interior de un edificio cualquiera, un viejito se levantó hace ya un buen rato, arregló la cama y se sentó a desayunar solo en la mesa de la cocina. Y mientras pela lentamente una naranja y la desgaja, como si de su vida se tratase, escucha por un hueco de sus recuerdos la voz de ella…No se ha dado cuenta de que se le está enfriando el café…
En un tercero frente a una pequeña plaza, un hombre toma un té a solas, de pie en la cocina. Tiene la mirada perdida a través del cristal de su ventana. La ama profundamente, pero ella jamás lo sabrá. Sabe que su miedo es inútil, sólo es un modo de borrar el presente viviendo en un mundo imaginario. Vive día a día disfrazando de sentido su soledad. Pero sabe que sin ella todo es gris, como una infancia sin abrazos…
En el cuarto izquierda de otro de esos edificios una pareja se deshace en silencios. Se ha borrado el camino que los condujo al punto donde están y no saben cómo volver atrás. Quizás ése es el momento en el que hay que decir adiós. Ese momento en el que estando con alguien, lo echas de menos. Ese momento en el que en vez de coleccionar momentos, coleccionas ausencias…
En el cuarto izquierda de otro de esos edificios una pareja se deshace en silencios. Se ha borrado el camino que los condujo al punto donde están y no saben cómo volver atrás. Quizás ése sea el momento en el que hay que decir adiós. Ese momento en el que estando con alguien, lo echas de menos. Ese momento en el que en vez de coleccionar momentos, coleccionas ausencias.
En un quinto sin ascensor, una mujer enamorada pasa las horas cosiéndose las heridas con ovillos de nostalgia. Lleva las manos de él y su aroma grabados en la memoria de la piel, que la mantiene atrapada en un duelo eterno que se resiste a cerrar. Y cada noche, espera impaciente a que muera la tarde para correr las cortinas y echar los cerrojos. Le gusta dejar la noche fuera, encender algunas velas y sentarse a cenar con sus recuerdos…
En el ático derecha, él se despierta siempre pronto, con tiempo para amarla antes de ir a trabajar. En cambio a ella, más dormilona, le cuestan las mañanas. Él la despierta suavemente con una fila de besos tiernos en la nuca, mientras la acaricia despacito hasta donde la espalda pierde su nombre. Ella, remolona, se entrega a él como una flor que se abre al rocío de la mañana y se deja hacer. Ella se levanta a hacer el café demasiado fuerte para él. Él vuelve a quemar las tostadas por atender a la radio. Ella sonríe mientras le arregla el nudo de la corbata antes de salir, después de tantos años él sigue sin saber hacerlo. Él también sonríe mientras ordena el caos del baño después de que ella salga… Se aman profundamente porque después de tantos años, aún encuentran belleza en cada una de sus imperfecciones…
Y en la terraza de un hotel de Madrid, dos amigos con mucho vivido a las espaldas, se encontraban después de algunos meses y se toman un vino. Él parece cansado, le cuesta ahora un poco la vida. Ella sin embargo, se siente completa y libre, aunque los dos saben que no siempre fue así…
Y cómo es la vida…!! Allí estábamos los dos, fundidos en un abrazo y a pesar del dolor, soñando con encontrar el amor de nuevo. Aunque cuando miras a tu alrededor, hacia los tejados que albergan las historias de cualquier ciudad, piensas …y en realidad, quién no?
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Derecho de admisión

Derecho de admisión

A estas alturas de mi vida, me he ganado a pulso el poder decir: “Me reservo el derecho de admisión…”
Si no vienes con ganas de echarle arrestos al camino aunque te hayan saqueado la vida, con la sonrisa por bandera y dispuesto a volar por tu cuenta, será mejor que continúes tu viaje. No esperes encontrar en mi a alguien que te rescate de tu pasado o de tus miedos. Nadie puede salvarte más que tú mismo. Aprendí bien esa lección y créeme si te digo que la tengo grabada a fuego en la frente para verla cada mañana cuando me miro al espejo.
No pienso volver a perder el culo tratando de caminar detrás del decidido y orgulloso paso firme de nadie. Al final siempre termino desgreñada, intentando seguir un ritmo imposible, con la lengua afuera y los ojos desorbitados, tratando de disimular estoicamente que perdí la dignidad en algún recodo del camino.
Paso de los indecisos, de los que no saben si quieren o no. De los que no saben lo que quieren, ni cuando lo quieren, ni si lo van a querer algún día o si no, aunque puede que sí, pero igual no…No me quedaré a ver mutilar margaritas. Tampoco tengo intención de sentarme a esperar a que llueva café con quien no sabe qué hacer para matar el tiempo. Yo al tiempo lo quiero vivo e intenso y lo exprimo siempre que puedo; matarlo de momento no entra en mis planes…
Pasa de largo si no estuviste en la fila el día que repartieron la franqueza y eres de los que prefieren no hablar las cosas y sufrirlas en silencio como las hemorroides. Ya no tengo edad para adivinanzas y tampoco permitiré que nadie vuelva a torturarme con silencios impuestos, agrediéndome despiadadamente con ellos sin ensuciarse las manos.
Paso de los que prefieren un disfraz a desnudarse por completo y mostrar a la luz sus imperfecciones. Paso de los que se atrincheran esperando el mejor momento para actuar o para salir corriendo sin mirar atrás, juzgando todo aquello que no se atreven a vivir.
Paso de gurús, de resabidos, y de ilustres. Paso también de protocolos, de reverencias y de composturas frágiles y rebuscadas que no sé ni lo que significan. Creo firmemente en que en la sencillez está lo auténtico y eso me lo aplico para todo.
A mi me gusta pisar los charcos y llenarme las botas de barro, preguntar lo que no sé y decir siempre lo que siento. No voy a ningún sitio sin mi ingenuidad y curiosidad natas a las que despierto cada mañana con un buen café negro.
Me niego a volver a pasar hambre, maldita sea. Hablo de hambre con mayúsculas, de esa que va matando sin escrúpulos las ilusiones y el amor por uno mismo. Hambre de risas espontáneas, de las que brotan sin permiso cuando haces el ridículo, o cuando parece que ya nada puede salir peor. Hambre de caricias al alba, de miradas cómplices que susurran sin voz, de despertares del alma, de atardeceres en calma, de noches de pasión y desvelos…
Me niego a perseguir lo que la corriente se llevó demasiado lejos, lo que no me quita la sed ni me abraza los suspiros, lo que me mantuvo dormida sin un sueño que cumplir y con demasiadas asignaturas pendientes.
Me niego a negociar libertades. No voy a renunciar al privilegio de elegir si mañana quiero despertar en Katmandú fotografiando un amanecer o si prefiero pasarme la tarde de un lunes en pijama, leyendo entre sábanas de algodón, con la tristeza encendida y el teléfono desconectado. Quiero ser libre de soñar despierta, de abrigar recuerdos, de lanzarme a ciegas, de guardar silencio, de volar sin más…
Así que se admiten aquellos que quieran estar de verdad durante el tiempo que decidan quedarse. A los que vivan aquí y ahora. A los que sueñen y persigan sus sueños como locos sin importarles una mierda lo que pensemos los demás. A estas alturas ya sólo puedo permitirme gente auténtica. Esa que se ocupa de vivir y no se preocupa de nada más.
Se admiten a los que sienten a lo grande. A los que vienen con todo. Gente con los brazos abiertos y el alma desnuda. A los que les da igual quedarse con el culo al aire con tal de hacer lo que de verdad sienten y que les hace piruetas en las tripas.
Se admite a valientes con el corazón lleno de cicatrices, a imprudentes con remiendos en el alma y las manos llenas de ganas. Aquellos que vuelven una y otra vez a dar la cara, a riesgo de que se la partan, pero capaces de mirarte a los ojos y mostrarse sin disfraces ni envoltorios, tal y como verdaderamente son y se deciden, sin más, a acompañarte un trecho del camino…
Me encontrarán aquí o allí. Donde he estado siempre o donde me lleven mis pasos. Ahora más completa, más consciente, más libre y, a partir de hoy… con un año más en la mochila…

Texto: Sandra Oval

Foto Portada: Antonio Sánchez Domínguez

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La fotografía que nunca hice

La fotografía que nunca hice

A través de una ventana enrejada que invadía parte de la acera, la vi sentada en una desvencijada silla de madera, a solas en medio de un pasillo oscuro y junto a una puerta entreabierta de la que apenas salía luz.
Parecía estar doblando, con la parsimonia de quien no tiene más que esperar a que el tiempo se acabe, pequeños paños blancos que cuidadosamente iba colocando sobre sus rodillas. Su piel negra como el azabache contrastaba con el único atuendo que llevaba puesto, un camisón blanco y arrugado que le quedaba muy grande, dejando a su delgado cuerpecito perderse dentro. Su rostro mostraba el implacable paso de los años y llevaba el poco pelo que le quedaba, recogido bajo un pañuelo azul flojo anudado en la nuca.
Levantó la mirada y nuestras vidas se cruzaron en el preciso instante en que mis ojos se acostumbraban a la oscuridad en la que ella vivía. Aquella escena era sin duda un fotografía única, de esas en que con un simple disparo, cuentas toda una historia. Una oportunidad que pocas veces te tropiezas en un viaje y que consiguen que el esfuerzo de volar miles de kilómetros con el equipo fotográfico a cuestas, valga la pena.
Levanté mi cámara y las cejas en un mismo gesto, pidiendo permiso para fotografiarla. Me dijo que no con un dedo. Y sin preguntar nada más, bajé despacito la cámara y me quedé delante de la reja, sin consuelo y sin poder dejar de mirarla.
Ella siguió con su tarea aparentando indiferencia, aunque advertí, al cabo de unos segundos, que me miraba por el rabillo del ojo. Supuse que comprobaba si yo había desaparecido o si trataba de robarle un retrato prohibido. Al cabo de unos minutos y al ver que no tenía intención de marcharme, me sonrió tímida y me hizo señas para que entrara…
Después de ofrecerme la única silla que tenía y de indicarme cómo debía colocar la pata que tenía podrida para poder acomodarme sin caerme, se presentó y nos sentamos en medio de aquel pasillo tétrico y lleno de cucarachas que correteaban con descaro alrededor de nuestros pies. Contuve a duras penas el pánico que les tengo. No me sentía con derecho a tener miedo porque aquella amable mujer no se merecía tal falta de consideración por mi parte. Decidí dejar de mirar el suelo y perderme en sus ojos tristes en los que aún se adivinaba cierto desparpajo de juventud.
Terminó de doblar lo que me explicó, eran paños de vendaje con los que ella misma se curaba una úlcera en la pierna que padecía desde hacía más de un año y que no llegaba a cicatrizar. Como algunas heridas del alma, pensé. Que no llegan a cerrarse aunque pase una vida entera.
Rosa Mancebo me contó su vida y preguntó por la mía. Hablamos de amores olvidados, de amores del pasado y de amores prohibidos, a los que nombramos bajando la voz y tapándonos la sonrisa cómplice de la boca, como si se pudiera esconder el placer de haberlos vivido.
Rosa vivía de la caridad de sus vecinos. Y mientras conversábamos sin pensar en el tiempo, compartió conmigo la poca fruta que alguien le había llevado. La degustamos allí mismo, sentadas en aquel pasillo sucio y destartalado justo delante de la puerta de su «casa» que no era más que un pequeño trastero de cinco metros cuadrados y sin ventilación, que alguien le alquilaba por unos pocos pesos. En aquel espacio donde sólo había una cama con un colchón vencido y una cómoda rescatada de algún lugar de su pasado, apenas había sitio para moverse. Una diminuta cocinilla con el esmalte oxidado y apoyada sobre una madera podrida, era toda su cocina. Y en un escueto rinconcito, una mesita de tres patas sostenía los rostros enmarcados de aquellos a quien ella amó alguna vez…
Mientras observaba perpleja mi patético intento de acabarme aquella pringosa chirimoya, se burló de mí con un fingido reproche y me invitó a entrar en su pequeño hogar. Sin decir una palabra y antes de que pudiera negarme, empezó a lavarme cuidadosamente las manos en una palangana, vertiendo poquitos de agua desde un pequeño cubo de plástico. Porque Rosa, en el cuchitril donde llevaba viviendo los últimos quince años de su vida, no tenía lavabo, ni ducha, ni sueños. Pero a aquella pequeña mujer, de rostro surcado por el dolor del olvido, le sobraba grandeza, hospitalidad y ternura. 
Algunas horas después, y cuando llegó el momento de irme, me acompañó hasta la calle. Recorrimos esos pocos metros en silencio mutuo, aceptando lo efímero de aquel cruce de caminos.  Y ya en la reja, me agarró de la mano, me miró a los ojos y me dijo:
– Gracias «mija»…
– Gracias a usted, Rosa. Dije intentando deshacerme del nudo que se me aferraba a la garganta y que no me dejaba hablar. Por recordarme que las mejores fotografías no se hacen con una cámara.
2018. Santiago de Cuba.

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