La Pecera

La Pecera

Nado…y esquina. Giro.
Nado…y esquina. Giro.
Alguien me echa de comer siempre lo mismo, aunque cada vez es menos. Como. A veces duermo. Y sueño con fuertes corrientes jugando al escondite entre algas saladas. Y me siento viva, capaz de todo. Me despierto envalentonada y hambrienta de mundo. Pienso en saltar, en dejar atrás de una vez por todas esta seguridad repetitiva que me aburre y me limita. Zona de confort la llaman. Maldita sea! Pues yo no pienso quedarme aquí ni un minuto más!!
Alguien da unos golpecitos sordos en el cristal y agito mis aletas a toda prisa hasta allí. Pego mi cara al vidrio. Oigo una voz hueca y distorsionada que me dice algo que no entiendo. Sin duda se ha alegrado de verme porque me sonríe. A ver…¿Me va a echar de comer? Ah, esta vez no, se aleja y me deja la luz encendida. Así no hay quien duerma, ni pueda soñar…
Emmm, ¿Qué era lo que estaba yo pensando…?
Nado…y esquina. Giro. Nado…y esquina. Giro.
¿Y tú? ¿A gusto también en tu pecera?
Fotografía y texto: Sandra Oval
Poca memoria

Poca memoria

Poca memoria, cuando respiramos olvido. Y dejamos atrás las voces de los que, antes que nosotros, recorrieron el camino. Gladiadores de la libertad, la diversidad, la tolerancia, la diferencia, la cultura, la investigación. Cuestionados, perseguidos, sometidos, injuriados y discriminados todos ellos por luchar por lo que hasta ayer nosotros considerábamos irrenunciable. Y hablamos de ayer, que no hace tanto tiempo.
El olvido es el cloroformo con el que dormimos la conciencia. No mirar atrás, mantiene intactas las razones para claudicar al miedo. Sálvese quien pueda. Eso es lo que hacemos. Sin importarnos el precio que finalmente paguemos. Y volvemos a pensar lo que quieren que pensemos. Y a buscar culpables de nuestro propio miedo.
Volvemos a estar en guerra. Otra guerra injusta, como todas. Otra guerra igual, con estrategas de despacho, soldados de a pie y la eternamente frágil población civil.
Los primeros, como siempre, ajenos al dolor y la miseria, se llenan la boca con falsas promesas populares para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de su propia ambición política.
Los segundos, obedientes profesionales que acatan órdenes exponiéndose en las trincheras, a menudo sin entender la razón por la que luchan contra un supuesto enemigo que hasta ayer, no lo era.
Y el resto somos la gran mayoría. Perpetuamente divididos entre un bando y el otro. Abducidos por el miedo, la ignorancia y las cantidades ingentes de demagogia barata que chorrean nuestros gobernantes a partes iguales. Torpes espías de balcón sin memoria, abanderados únicamente con las razones de otros y condenados a buscar culpables para justificar tanto nuestra cobardía como nuestra falta de criterio.
Poca memoria, cuando respiramos olvido. Que no todo vale, ni en el amor ni en la guerra.
La historia nos exhorta desde el pasado que no volvamos a repetirla. Voces valientes que no hace tanto, se apagaron luchando por la libertad de pensar, la libertad de elegir y la libertad de ser, nos gritan desde el rumor de su legado. BASTA.
El enemigo no es la muerte. Ni es tu hermano, ni tu vecino.
El enemigo siempre es el miedo a vivir y el miedo a decir BASTA.
Fotografía y texto: Sandra Oval
Caminando recuerdos

Caminando recuerdos

Los recuerdos son grandes espacios vacíos que a menudo se recorren en silencio. Nunca he sido de mirar atrás para agarrarme desesperadamente al fantasma de ninguno de mis momentos felices. Tampoco he perdido demasiado tiempo revolcándome en el dolor, aunque tengo que reconocer, que en ocasiones aún me sorprendo lamiéndome alguna herida a la que le sigue costando cicatrizar. Las heridas son como las personas. No todas te duelen igual.
Pero a lo largo de este último año, he sentido la necesidad de mirar atrás con más frecuencia de lo que es habitual en mí. Como los moribundos, de los que dicen que se les pasa la vida por delante como fotogramas de una película, he vuelto a recorrer la mía lentamente, deteniéndome en todos y cada uno de aquellos rincones de mi mente que llevo para siempre tatuados en la piel. He llorado y reído a partes iguales, y es que todo se ve distinto con la mirada de la madurez y la distancia que otorga el tiempo.
Supongo que me ha tocado hacer balance a lo largo de todo un año de soledad elegida y de pérdidas impuestas. He llegado a la conclusión de que en este punto del viaje, las prioridades cambian. Y aunque sigue siendo difícil elegir un camino por el que continuar, es mucho más fácil reconocer aquello a lo que ya no estás dispuesta a renunciar.

Derecho de admisión

Derecho de admisión

A estas alturas de mi vida, me he ganado a pulso el poder decir: “Me reservo el derecho de admisión…”
Si no vienes con ganas de echarle arrestos al camino aunque te hayan saqueado la vida, con la sonrisa por bandera y dispuesto a volar por tu cuenta, será mejor que continúes tu viaje. No esperes encontrar en mi a alguien que te rescate de tu pasado o de tus miedos. Nadie puede salvarte más que tú mismo. Aprendí bien esa lección y créeme si te digo que la tengo grabada a fuego en la frente para verla cada mañana cuando me miro al espejo.
No pienso volver a perder el culo tratando de caminar detrás del decidido y orgulloso paso firme de nadie. Al final siempre termino desgreñada, intentando seguir un ritmo imposible, con la lengua afuera y los ojos desorbitados, tratando de disimular estoicamente que perdí la dignidad en algún recodo del camino.
Paso de los indecisos, de los que no saben si quieren o no. De los que no saben lo que quieren, ni cuando lo quieren, ni si lo van a querer algún día o si no, aunque puede que sí, pero igual no…No me quedaré a ver mutilar margaritas. Tampoco tengo intención de sentarme a esperar a que llueva café con quien no sabe qué hacer para matar el tiempo. Yo al tiempo lo quiero vivo e intenso y lo exprimo siempre que puedo; matarlo de momento no entra en mis planes…
Pasa de largo si no estuviste en la fila el día que repartieron la franqueza y eres de los que prefieren no hablar las cosas y sufrirlas en silencio como las hemorroides. Ya no tengo edad para adivinanzas y tampoco permitiré que nadie vuelva a torturarme con silencios impuestos, agrediéndome despiadadamente con ellos sin ensuciarse las manos.
Paso de los que prefieren un disfraz a desnudarse por completo y mostrar a la luz sus imperfecciones. Paso de los que se atrincheran esperando el mejor momento para actuar o para salir corriendo sin mirar atrás, juzgando todo aquello que no se atreven a vivir.
Paso de gurús, de resabidos, y de ilustres. Paso también de protocolos, de reverencias y de composturas frágiles y rebuscadas que no sé ni lo que significan. Creo firmemente en que en la sencillez está lo auténtico y eso me lo aplico para todo. 
A mi me gusta pisar los charcos y llenarme las botas de barro, preguntar lo que no sé y decir siempre lo que siento. No voy a ningún sitio sin mi ingenuidad y curiosidad natas a las que despierto cada mañana con un buen café negro.
Me niego a volver a pasar hambre, maldita sea. Hablo de hambre con mayúsculas, de esa que va matando sin escrúpulos las ilusiones y el amor por uno mismo. Hambre de risas espontáneas, de las que brotan sin permiso cuando haces el ridículo, o cuando parece que ya nada puede salir peor. Hambre de caricias al alba, de miradas cómplices que susurran sin voz, de despertares del alma, de atardeceres en calma, de noches de pasión y desvelos…
Me niego a perseguir lo que la corriente se llevó demasiado lejos, lo que no me quita la sed ni me abraza los suspiros, lo que me mantuvo dormida sin un sueño que cumplir y con demasiadas asignaturas pendientes.
Me niego a negociar libertades. No voy a renunciar al privilegio de elegir si mañana quiero despertar en Kathmandú fotografiando un amanecer o si prefiero pasarme la tarde de un lunes en pijama, leyendo entre sábanas de algodón, con la tristeza encendida y el teléfono desconectado. Quiero ser libre de soñar despierta, de abrigar recuerdos, de lanzarme a ciegas, de guardar silencio, de volar sin más…
Así que se admiten aquellos que quieran estar de verdad durante el tiempo que decidan quedarse. A los que vivan aquí y ahora. A los que sueñen y persigan sus sueños como locos sin importarles una mierda lo que pensemos los demás. A estas alturas ya sólo puedo permitirme gente auténtica. Esa que se ocupa de vivir y no se preocupa de nada más.
Se admiten a los que sienten a lo grande. A los que vienen con todo. Gente con los brazos abiertos y el alma desnuda. A los que les da igual quedarse con el culo al aire con tal de hacer lo que de verdad sienten y que les hace piruetas en las tripas.
Se admite a valientes con el corazón lleno de cicatrices, a imprudentes con remiendos en el alma y las manos llenas de ganas. Aquellos que vuelven una y otra vez a dar la cara, a riesgo de que se la partan, pero capaces de mirarte a los ojos y mostrarse sin disfraces ni envoltorios, tal y como verdaderamente son y se deciden, sin más, a acompañarte un trecho del camino…
Me encontrarán aquí o allí. Donde he estado siempre o donde me lleven mis pasos. Ahora más completa, más consciente, más libre y, a partir de hoy… con un año más en la mochila…

Texto:

Sandra Oval

Lo que esconden los tejados

Lo que esconden los tejados

En un segundo interior de un edificio cualquiera, un viejito se levantó hace ya un buen rato, arregló la cama y se sentó a desayunar solo en la mesa de la cocina. Y mientras pela lentamente una naranja y la desgaja, como si de su vida se tratase, escucha por un hueco de sus recuerdos la voz de ella…No se ha dado cuenta de que se le está enfriando el café…
En un tercero frente a una pequeña plaza, un hombre toma un té a solas, de pie en la cocina. Tiene la mirada perdida a través del cristal de su ventana. La ama profundamente, pero ella jamás lo sabrá. Sabe que su miedo es inútil, sólo es un modo de borrar el presente viviendo en un mundo imaginario. Vive día a día disfrazando de sentido su soledad. Pero sabe que sin ella todo es gris, como una infancia sin abrazos…
En el cuarto izquierda de otro de esos edificios una pareja se deshace en silencios. Se ha borrado el camino que los condujo al punto donde están y no saben cómo volver atrás. Quizás ése es el momento en el que hay que decir adiós. Ese momento en el que estando con alguien, lo echas de menos. Ese momento en el que en vez de coleccionar momentos, coleccionas ausencias…
En un quinto sin ascensor, una mujer enamorada pasa las horas cosiéndose las heridas con ovillos de nostalgia. Lleva las manos de él y su aroma grabados en la memoria de la piel, que la mantiene atrapada en un duelo eterno que se resiste a cerrar. Y cada noche, espera impaciente a que muera la tarde para correr las cortinas y echar los cerrojos. Le gusta dejar la noche fuera, encender unas velas y sentarse a cenar con sus recuerdos…
En el ático derecha, él se despierta siempre pronto, con tiempo para amarla antes de ir a trabajar. En cambio a ella, más dormilona, le cuestan las mañanas. Él la despierta suavemente con una fila de besos tiernos en la nuca, mientras la acaricia despacito hasta donde la espalda pierde su nombre. Ella, remolona, se entrega a él como una flor que se abre al rocío de la mañana y se deja hacer. Ella se levanta a hacer el café demasiado fuerte para él. Él vuelve a quemar las tostadas por atender a la radio. Ella sonríe mientras le arregla el nudo de la corbata antes de salir, después de tantos años él sigue sin saber hacerlo. Él también sonríe mientras ordena el caos del baño después de que ella salga… Se aman profundamente porque después de tantos años, aún encuentran belleza en cada una de sus imperfecciones…
Y en la terraza de un hotel de Madrid, dos amigos con mucho vivido a las espaldas, se encontraban después de algunos meses y se toman un vino. Él parece cansado, le cuesta ahora un poco la vida. Ella sin embargo, se siente completa y libre, aunque los dos saben que no siempre fue así…
Y cómo es la vida…!! Allí estábamos los dos, fundidos en un abrazo y a pesar del dolor, soñando con encontrar el amor de nuevo. Aunque cuando miras a tu alrededor, hacia los tejados que albergan las historias de cualquier ciudad, piensas …y en realidad, quién no?
Quédate con quien te lo ponga fácil

Quédate con quien te lo ponga fácil

Quédate con quien te lo ponga fácil, con quien te diga lo que piensa sin andarse con rodeos, con el valiente que venga con todo, sin remilgos, ni recovecos, ni excusas. Quédate con quien desnude sus sentimientos y se quede con el culo al aire, sin disfraces ni abalorios, con quien te abra de par en par su corazón, te invite a entrar y te diga a la cara “quiero que te quedes”…

Quédate con el ladrón que te robe los besos y el pudor, con el canalla que se atreva a doblegar tus dudas y hacer con ellas un ovillo con los que coserte un pijama de besos. Quédate con quien te envuelva la alegría de su risa en papel de regalo y te la deje junto al café cada mañana del año. Quédate con quien se beba a grandes tragos tu desparpajo y cocine a fuego lento la confianza infinita con la que abrigarte los miedos.

Quédate con quien no pida explicaciones a tus días grises y te ofrezca sin hacer preguntas, refugio bajo el paraguas de su silencio cómplice.
Quédate con quien pise los charcos contigo y se llene de barro la ropa y se quede a comerte la boca bajo un intenso aguacero. Quédate con quien pueda ver tu voz y tu alma, con quien te muerda las ansias y te arranque de una sola vez la ropa y los prejuicios.
Quédate con quien te lo ponga fácil. Con quien puedas de verdad ser tú. Con quien encienda la luz y te agarre de la mano. Quédate con quien no se amilane por los embates del mar y mantenga el rumbo firme hacia el horizonte infinito…y ya no te suelte jamás…