Morir de a poco

Morir de a poco

Hay quien cree que sólo se muere una vez y para siempre. También abunda quien piensa que hay que mantenerse vivo a toda costa y retrasar, incluso a cualquier precio, ese temido momento para el que nadie está preparado. Quién sabe. Quizás tengan razón.
Aunque a mí lo que me aterra no es morirme del todo y para siempre, como decía mi padre. Sino morirme poco a poco y sin darme cuenta, siendo esclava de mis propias renuncias.
Olvidar cada día un poco más lo que de verdad me apasiona y me hace sentir viva. Terminar enredándome en la madeja de la rutina hasta ser incapaz de respirar.
Lo veo a mi alrededor todos los días. Me veo a mí misma en otras vidas, en otras realidades repetidas. En tantas mujeres completas viviendo a medias, desapareciendo tras la forzada sonrisa del conformismo. Justificando el abandono prematuro de los sueños. Dándose la espalda para sobrevivir. Muriendo poco a poco en la trinchera infinita de los propios miedos.
Eso es lo que de verdad me aterra, morir. Pero morir despacio de puertas adentro y sin darme cuenta. Y tener que convivir para siempre con el ruido de mi propio fantasma, arrastrando la pesada condena de haberme olvidado de cómo vivir.
Fotografía y Texto: Sandra Oval
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Quédate con quien te lo ponga fácil

Quédate con quien te lo ponga fácil

Quédate con quien te lo ponga fácil, con quien te diga lo que piensa sin andarse con rodeos, con el valiente que venga con todo, sin remilgos, ni recovecos, ni excusas. Quédate con quien desnude sus sentimientos y se quede con el culo al aire, sin disfraces ni abalorios, con quien te abra de par en par su corazón, te invite a entrar y te diga a la cara “quiero que te quedes”…

Quédate con quien que te robe los besos y el pudor, con quien que se atreva a doblegar tus dudas y hacer con ellas un ovillo con los que coserte un pijama de besos. Quédate con quien te envuelva la alegría de su risa en papel de regalo y te la deje junto al café cada mañana del año. Quédate con quien se beba a grandes tragos tu desparpajo y cocine a fuego lento la confianza infinita con la que abrigarte los miedos.

Quédate con quien no pida explicaciones a tus días grises y te ofrezca sin hacer preguntas, refugio bajo el paraguas de su silencio cómplice.
Quédate con quien pise los charcos contigo y se llene de barro la ropa y se quede a comerte la boca bajo un intenso aguacero. Quédate con quien pueda ver tu voz y tu alma, con quien te muerda las ansias y te arranque de una sola vez la ropa y los prejuicios.
Quédate con quien te lo ponga fácil. Con quien puedas de verdad ser tú. Con quien encienda la luz y te agarre de la mano. Quédate con quien no se amilane por los embates del mar y mantenga el rumbo firme hacia el horizonte infinito…y ya no te suelte jamás…
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Crónica de una huida anunciada

Crónica de una huida anunciada

Cerró suavemente la puerta al salir, sin atreverse siquiera a mirarla. No se despidió. Aquel último desencuentro le proporcionó la cortina de humo que necesitaba desde hacía tiempo y escapó. Se fue en absoluto silencio, tal y como vivió a su lado, llevándose consigo las palabras que ella tanto necesitó escuchar. En su maleta, dobladas cuidadosamente las razones que nunca esgrimió, su permanente insatisfacción con la vida, su adicción a la melancolía y su orgullo sin dosificar. Su mundo entero cabía en la pequeña valija que durante algún tiempo, apenas ocupó un lugar absolutamente desapercibido en la casa, como si siempre se hubiera sentido de prestado, como si nunca hubiera tenido intención de quedarse y aquél, fuera el final previsible que ella intuyó desde el principio, tratando desesperadamente de convertir su colección de silencios y desencuentros, en una historia de amor.
Ella se quedó varada donde él la dejó, a la zaga de su vida. Parecía formar parte del mobiliario, sentada y encogida en el suelo, en un rincón bajo la ventana. Sumida en el desconcierto que llega sin pedir permiso, permaneció durante horas abrazándose las rodillas húmedas que acogían las lágrimas que goteaban desde su mentón.
Mantuvo los ojos fijos en la puerta, deseando que volvieran a sonar sus pasos ante el umbral. Miraba sin pestañear el tenue resplandor que se colaba por el espacio que quedaba entre la madera y el suelo, esperando a que, quizás en un atisbo de sensatez, la sombra de la reconciliación se deslizara de nuevo por debajo de la puerta. Pero sólo hubo oscuridad cuando la luz de la escalera cedió, por fin, al escaso tiempo que se le había concedido para alumbrar la cobardía de aquella fuga anunciada.
La noche se había precipitado por los cristales inundándolo todo cuando se levantó del suelo y recorrió a oscuras cada rincón de la casa, buscando huellas de su olor en los rincones. Abrió despacio los cajones, allí seguían como siempre, llenos de tórridas pasiones guardadas e incendios callados, condenados al destierro de aguardar su deseo. Bajo la cama, amontonados, los suspiros de amor que escondió durante años, disimulando así la torpeza de saberse amando un corazón inaccesible. Y también, cubiertas por el polvo de la indiferencia, cientos de miradas furtivas, al abrigo de la noche, mientras él dormía escapando de los demonios que siempre terminaban por alcanzarlo al alba.
Se sintió invadida de nuevo por el silencio y una conocida sensación de tristeza que se paseaba a sus anchas por toda la casa, con la naturalidad que otorga la costumbre, como si viviera allí desde hacía mucho tiempo. Se detuvo delante del espejo, buscando asomarse con desesperación a las ventanas de aquel alma inalcanzable al que amaba hasta el dolor. Buscó en vano el reflejo de aquellos ojos en los que ya nunca podría perderse para siempre, y tropezó entonces con los suyos propios, oscuros e insondables, unos ojos que la miraban desde el otro lado del cristal, llenos de amor y de serenidad. Se encontró con su propia hondura, amándola como nadie lo había hecho jamás, abrigando desde lo más profundo del corazón, el frío de aquella soledad malentendida. Porque ella, en realidad, jamás había estado sola. Se reconoció al verse de nuevo, y fue entonces cuando se dió cuenta de que aunque allí solo estaba ella, en realidad nada había cambiado. Encendió una luz, bajó la mirada, y sonrió…
Texto: Sandra Oval
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Por fin pude verte, papá.

Por fin pude verte, papá.

Hoy me encontré de frente con la certeza de que te he amado cada segundo de mi vida. Con el vacío que durante años traté de llenar buscando en otras miradas, el amor de la tuya. Me precipité a tu puerta sin el aplomo que da el haber buscado las palabras correctas, con la sensación incontenible de que mis entrañas necesitaban vomitar mi amor callado, mi carencia de ti.

Me encontré de frente con tu andar lento, con tu nostalgia a cuestas arropada bajo una manta, con tu humor de antaño teñido ahora de apagada tristeza, me encontré con tu dolor y tu abandono escondidos con prisa, en un vano intento de que yo no pudiera verlos. Hoy por primera vez en mi vida, tropecé con el asomo de tu miedo y con tu olor penetrante a envejecida soledad.

Hoy te vi papá, como probablemente jamás lo había hecho, me perdí en tus ojos oscuros, tras los que vacilante, me rogabas con el silencio de tu mirada sincera, que me asomara a tu corazón indefenso y cansado. Bajamos la guardia, ambos nos rendimos, nuestro ego asustado e inflexible, atrincherado durante décadas tras la ausencia de caricias, no tuvo voz. Y mi corazón, vacío ahora de resentimiento y lleno del amor consciente que asiente en silencio y no espera nada, pudo verte por fin.

Hoy me encontré con tu amor papá. Y con el mío. Con la alegría del recuerdo que con los años probablemente olvidé en algún rincón polvoriento de mi mente, con el sonido que tus voces entretejían, justo antes de irme a dormir, aquella suerte de personajes con los que yo jugaba de niña… Me encontré de frente con el niño que siempre fuiste y nunca quiso crecer del todo, con tu infancia eterna de sabor amargo, de la que a dura escapaste con las alas de tu imaginación. Lenta y callada espera, aquella que al final del camino, te devuelva de nuevo a los brazos de tu madre, el gran amor de tu vida.

Gracias papá. Por ser mi padre. Porque todo tuvo que ser así. Porque he crecido contigo y sin ti. Y porque por fin hoy mi alma pudo ver la tuya. Ahora sí te veo papá. Ahora sé que te quiero.

Sandra

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La Pecera

La Pecera

Nado…y esquina. Giro.
Nado…y esquina. Giro.
Alguien me echa de comer siempre lo mismo, aunque cada vez es menos. Como. A veces duermo. Y sueño con fuertes corrientes jugando al escondite entre algas saladas. Y me siento viva, capaz de todo. Me despierto envalentonada y hambrienta de mundo. Pienso en saltar, en dejar atrás de una vez por todas esta seguridad repetitiva que me aburre y me limita. Zona de confort la llaman. Maldita sea! Pues yo no pienso quedarme aquí ni un minuto más!!
Alguien da unos golpecitos sordos en el cristal y agito mis aletas a toda prisa hasta allí. Pego mi cara al vidrio. Oigo una voz hueca y distorsionada que me dice algo que no entiendo. Sin duda se ha alegrado de verme porque me sonríe. A ver…¿Me va a echar de comer? Ah, esta vez no, se aleja y me deja la luz encendida. Así no hay quien duerma, ni pueda soñar…
Emmm, ¿Qué era lo que estaba yo pensando…?
Nado…y esquina. Giro. Nado…y esquina. Giro.
¿Y tú? ¿A gusto también en tu pecera?
Fotografía y texto: Sandra Oval
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Caminando recuerdos

Caminando recuerdos

Los recuerdos son grandes espacios vacíos que a menudo se recorren en silencio. Nunca he sido de mirar atrás para agarrarme desesperadamente al fantasma de ninguno de mis momentos felices. Tampoco he perdido demasiado tiempo revolcándome en el dolor, aunque tengo que reconocer, que en ocasiones aún me sorprendo lamiéndome alguna herida a la que le sigue costando cicatrizar. Las heridas son como las personas. No todas te duelen igual.
Pero a lo largo de este último año, he sentido la necesidad de mirar atrás con más frecuencia de lo que es habitual en mí. Como los moribundos, de los que dicen que se les pasa la vida por delante como fotogramas de una película, he vuelto a recorrer la mía lentamente, deteniéndome en todos y cada uno de aquellos rincones de mi mente que llevo para siempre tatuados en la piel. He llorado y reído a partes iguales, y es que todo se ve distinto con la mirada de la madurez y la distancia que otorga el tiempo.
Supongo que me ha tocado hacer balance a lo largo de todo un año de soledad elegida y de pérdidas impuestas. He llegado a la conclusión de que en este punto del viaje, las prioridades cambian. Y aunque sigue siendo difícil elegir un camino por el que continuar, es mucho más fácil reconocer aquello a lo que ya no estás dispuesta a renunciar.
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