C
Mi madre huele a madrugada. A pasos silentes antes del alba. Al aroma del café recién hecho impregnando la noche moribunda, que viene a acompañarla en su desvelo y siempre la encuentra en la cocina. No hablan entre ellas, tan solo se acompañan en silencio compartiendo ese efímero espacio de tiempo, huérfano de ruido y preñado de sueños deshabitados.
Mi madre sabe a certeza, la del camino que siempre me conduce a ella. La del amor inapelable que no muta, ni finge, ni se desgasta. Refugio inagotable de espera infinita, que no deja de abrazarte el alma hasta que consigue vaciártela de soledad.
Mi madre sabe a certeza, sí. Y a silencios congelados. A prudencia masticada y a dolor disimulado, de ese que uno se lame a escondidas cuando se apaga la luz y ya nadie puede verte. A eso sabe mi madre, a amor del de verdad.
Y cuando cierro los ojos, mi madre suena a arrorró. Del que aún recuerdo en mi cuna y susurraba a mis hermanos. Del que te abriga los miedos y te espanta el desamparo. Y siempre trae de vuelta el olor a maresía, arrastrándote de nuevo al refugio de su abrazo, del que casi me olvidé un día..