Cuando era niña me escondí un día tras las cortinas azules del despacho de mi padre. No estaba jugando a nada. Simplemente me quedé muy quieta, casi sin respirar y esperé a ver qué pasaba.
Desde allí podía ver parte del salón de la casa que en aquella época no se usaba mucho. Era para las visitas. Una especie de escaparate para aparentar. Menuda mierda. El espacio más grande de la casa estaba totalmente desperdiciado porque, encima, apenas venía gente a casa.
También podía ver parte de la cocina. Mi madre hacía de comer y entraba y salía del ángulo en el que yo podía verla a través de la tela. Mi padre estaba viendo la tele en la salita, fuera de mi campo de visión y mi hermana pululaba de acá para allá entrando en la cocina una y otra vez para decirle a mi madre que tenía hambre. Como si el hecho de informarla cada tres minutos consiguiera que las papas se fueran a freir mas rápido.
Allí me pasé un buen rato. Respirando mi propio aliento con la tela pegada a la cara.
Al principio era como tener un super poder. Yo podía ver y escuchar sin que nadie supiera que lo hacía. Y además iba a asistir en primera fila al momento justo en que repararan en mi ausencia. Podría ver cómo se preocupaban por mí.
Después de más de media hora, que se me hizo eterna porque me sudaban los pies y me resbalaba sobre el granito, salí frustrada de mi escondite y me incorporé a la vida familiar como si nunca hubiera desaparecido. Nadie me dijo nada.

Moraleja: sal de la cortina, no sirve para nada y además sólo te aburres tú.

Fotografía y texto: Sandra Oval

Sandra Oval
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