Hermanas

Hermanas

No siempre crecemos con creyones en las manos para colorearnos la infancia. Pero algunos de nosotros conservamos, al mirar atrás, recuerdos de esos que sin saberlo entonces, se convierten en inolvidables y que como por arte de magia, son capaces de dibujarnos una sonrisa en los ojos cuando nuestra mirada adulta se pierde en el infinito si esos retazos del pasado nos embargan el alma sin permiso…
En todos y cada uno de esos recuerdos está siempre ella. Refugiada a menudo en su silencio inquebrantable que sólo rompía en ocasiones para imitar mis pasos, andaba siempre detrás de mí, saltando si yo saltaba, cantando si yo lo hacía, regalándome siempre su sonrisa si al girarme de pronto la sorprendía pisando mi estela…
Compartimos un camino con muchas más sombras que luces, en los que la imaginación, nos permitió escapar a un mundo inventado, inundado de colores y de sueños, en el que conseguimos, cogidas de la mano, refugiarnos juntas durante años. Un lugar al que volvemos de vez en cuando, ahora de otra manera. Ella escribiendo sus maravillosas novelas, yo atrapando almas con mi fotografía…
Ella siempre fue mi compañera de camino…y aún ahora, en la serenidad de la madurez, al abrazarla, vuelvo a perderme en sus ojos despiertos a la fantasía, porque mi hermana seguirá siendo siempre el arcoíris de mi infancia…
La Habana. Cuba.
Compartir
Suéltame

Suéltame

Suéltame. No intentes agarrarte de mí, yo no puedo quedarme. No quiero volver a anclarme ni echar raíces. No quiero comer perdices, tampoco cuentos de hadas, solo quiero abrir mis alas y jamás dejar de volar. Necesito cielo azul donde dibujar corazones, asfalto gastado donde quemar mis ruedas, arena que borre mis huellas y horizontes a los que mirar…

Suéltame. Ya no soy de nadie. No puedo quedarme esperando a que el atardecer me alcance. Necesito acariciar mis sueños y enterrar mis manos en tierra de nadie. Quiero el silencio de mis días grises, pisar los charcos, romper los planes, beberme el tiempo, escupir desaires, cambiar el rumbo, comerme el mundo y soltar amarras…

Suéltame. No quiero vivir escondida. Quiero andar por la vida sin disfraces ni costuras, sin suturas que me tiren de la piel y el corazón. Quiero ser la razón por la que despierto cada día, romper la baraja, atarme un pañuelo en el pelo, calzarme unas botas de cuero, subirme en la moto que me vendieron un día, acelerar a fondo…y no volver la vista atrás…
Texto: Sandra Oval

Compartir
Hagámoslo

Hagámoslo

Hagámoslo
Mañana comienza otro año, otra década. Otra etapa. Y ya estoy como los niños chicos, de puntillas, con los ojos muy abiertos y el cuello estirado a todo lo que da, tratando de mirar por encima del presente y cotilleando ansiosa por saber si el futuro inmediato se acerca con las manos llenas.
He recogido mi vida. Separé lo imprescindible de lo necesario y lo importante de lo urgente. Llené un par de cajas de complejos absurdos que por fin terminaron en la basura. Me pasaba el día tratando de esconderlos y al final solo consiguen atrabancarte la vida.
También me libré de unos cuantos miedos que creo haber dejado atrás. Aunque tengo que confesar que, de vez en cuando, miro por el rabillo del ojo para asegurarme de que no me siguen. Y es que a veces intentar deshacerme de pensamientos recurrentes se me antoja desesperante, como pelearte con algo pegajoso que de pronto se te queda pegado en los dedos y por más que sacudes la mano no acaba de desprenderse.
Dejé para el final la ardua tarea de enfrentarme a limpiar viejos rencores incrustados, escondidos en oscuros recovecos de mi corazón donde ya nunca quería mirar. Mira que guardamos mierda…
Y en la maleta, alegría. Que lo ocupa casi todo. Serenidad y confianza. Quizás algo de incertidumbre, también un poco de magua y en el resto del espacio, las prioridades ordenadas. Puse los sueños primero, por delante de los “peros”, de los “quizás más adelante” y de los “cuando tenga dinero”.
Y me lancé al vacío. Al de dentro. Al que no atiende a razones ni a consejos ajenos. Al que me susurra paciente y desde hace mucho tiempo, una palabra que, por cansina, se ha convertido en un mantra: “Hagámoslo”
Y lo hice. Con los profundos vientos del sur he puesto ya rumbo al norte, al norte de mi vida. Con los ojos llenos de sueños, atado un pañuelo en el pelo y para siempre tatuada en la piel, una rosa de los vientos…
¿Y tú, tienes algún hagámoslo susurrando ahí dentro?
Feliz 2020
Compartir