La Pecera

La Pecera

Nado…y esquina. Giro.
Nado…y esquina. Giro.
Alguien me echa de comer siempre lo mismo, aunque cada vez es menos. Como. A veces duermo. Y sueño con fuertes corrientes jugando al escondite entre algas saladas. Y me siento viva, capaz de todo. Me despierto envalentonada y hambrienta de mundo. Pienso en saltar, en dejar atrás de una vez por todas esta seguridad repetitiva que me aburre y me limita. Zona de confort la llaman. Maldita sea! Pues yo no pienso quedarme aquí ni un minuto más!!
Alguien da unos golpecitos sordos en el cristal y agito mis aletas a toda prisa hasta allí. Pego mi cara al vidrio. Oigo una voz hueca y distorsionada que me dice algo que no entiendo. Sin duda se ha alegrado de verme porque me sonríe. A ver…¿Me va a echar de comer? Ah, esta vez no, se aleja y me deja la luz encendida. Así no hay quien duerma, ni pueda soñar…
Emmm, ¿Qué era lo que estaba yo pensando…?
Nado…y esquina. Giro. Nado…y esquina. Giro.
¿Y tú? ¿A gusto también en tu pecera?
Fotografía y texto: Sandra Oval
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Caminando recuerdos

Caminando recuerdos

Los recuerdos son grandes espacios vacíos que a menudo se recorren en silencio. Nunca he sido de mirar atrás para agarrarme desesperadamente al fantasma de ninguno de mis momentos felices. Tampoco he perdido demasiado tiempo revolcándome en el dolor, aunque tengo que reconocer, que en ocasiones aún me sorprendo lamiéndome alguna herida a la que le sigue costando cicatrizar. Las heridas son como las personas. No todas te duelen igual.
Pero a lo largo de este último año, he sentido la necesidad de mirar atrás con más frecuencia de lo que es habitual en mí. Como los moribundos, de los que dicen que se les pasa la vida por delante como fotogramas de una película, he vuelto a recorrer la mía lentamente, deteniéndome en todos y cada uno de aquellos rincones de mi mente que llevo para siempre tatuados en la piel. He llorado y reído a partes iguales, y es que todo se ve distinto con la mirada de la madurez y la distancia que otorga el tiempo.
Supongo que me ha tocado hacer balance a lo largo de todo un año de soledad elegida y de pérdidas impuestas. He llegado a la conclusión de que en este punto del viaje, las prioridades cambian. Y aunque sigue siendo difícil elegir un camino por el que continuar, es mucho más fácil reconocer aquello a lo que ya no estás dispuesta a renunciar.
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Poca memoria

Poca memoria

Poca memoria, cuando respiramos olvido. Y dejamos atrás las voces de los que antes que nosotros, recorrieron el camino. Gladiadores de la libertad, la diversidad, la tolerancia, la diferencia, la cultura, la investigación. Cuestionados, perseguidos, sometidos, injuriados y discriminados todos ellos por luchar por lo que hasta ayer nosotros considerábamos irrenunciable. Y hablamos de ayer, que no hace tanto tiempo.
El olvido es el cloroformo con el que dormimos la conciencia. No mirar atrás, mantiene intactas las razones para claudicar al miedo. Sálvese quien pueda. Eso es lo que hacemos. Sin importarnos el precio que finalmente paguemos. Y volvemos a pensar lo que quieren que pensemos. Y a buscar culpables de nuestro propio miedo.
Volvemos a estar en guerra. Otra guerra injusta, como todas. Otra guerra igual, con estrategas de despacho, soldados de a pie y la eternamente frágil población civil.
Los primeros, como siempre, ajenos al dolor y la miseria, se llenan la boca con falsas promesas populares para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de su propia ambición política.
Los segundos, obedientes profesionales que acatan órdenes exponiéndose en las trincheras, a menudo sin entender la razón por la que luchan contra un supuesto enemigo que hasta ayer, no lo era.
Y el resto somos la gran mayoría. Perpetuamente divididos entre un bando y el otro. Abducidos por el miedo, la ignorancia y las cantidades ingentes de demagogia barata que chorrean nuestros gobernantes a partes iguales. Torpes espías de balcón sin memoria, abanderados únicamente con las razones de otros y condenados a buscar culpables para justificar tanto nuestra cobardía como nuestra falta de criterio.
Poca memoria, cuando respiramos olvido. Que no todo vale, ni en el amor ni en la guerra.
La historia nos exhorta desde el pasado que no volvamos a repetirla. Voces valientes que no hace tanto, se apagaron luchando por la libertad de pensar, la libertad de elegir y la libertad de ser, nos gritan desde el rumor de su legado. BASTA.
El enemigo no es la muerte. Ni es tu hermano, ni tu vecino.
El enemigo siempre es el miedo a vivir y el miedo a decir BASTA.
Fotografía y texto: Sandra Oval
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Aunque no abras la puerta

Aunque no abras la puerta

Y ocurre a veces, que un día cualquiera y sin esperarlo, el amor vuelve a llamar a tu puerta. Te acercas despacio, casi sin hacer ruido. Aguantas la respiración, no quieres que nadie sienta al otro lado que todavía queda alguien dentro, refugiado en el silencio de una soledad elegida. Abres la mirilla con mucho cuidado de que no chirríe y miras a través de ella la imagen curvada al otro lado del cristal. Allí está. Esperando. Un escalofrío te recorre la espalda y se te apretuja el estómago. Sí, no hay duda. Es el amor de nuevo, maldita sea…

Estás paralizada. No te atreves a moverte. Pero bajo ningún concepto dejarás que descubra que allí hay un corazón superviviente que aún late y no ha muerto del todo. No dejarás que vuelvan a herirlo, porque sabes que está vez podría ser mortal. No vas a permitir que nada ni nadie vuelva a perturbar la calma que tanto te costó conseguir.

Te retiras despacio de la puerta, arrastrando los pies para esconder las pisadas. Buscas de nuevo, al fondo de la casa, tu pequeño rincón a oscuras al arrullo de una calma vacía. Eterna luna menguante, que acuna sueños de amor tratando de que por fin se duerman…

 

 

 

– Se irá…- piensas- El amor es impaciente y se aburre con facilidad. Se irá cuando las cosas se pongas difíciles.

 Pero esta vez el amor insiste y vuelve a llamar. Con más firmeza, más seguido. Esta vez llega con fuerza, seguro e inquebrantable. Sabe que estás dentro y no parece tener intención de marcharse. Nadie se lo ha dicho, pero tiene la certeza de que siempre lo esperaste y que a pesar de los años y del dolor, nunca dejaste de creer en él.

Silencio. No te atreves ni a moverte. No pestañeas. No respiras.

 – Vete. Vete, maldita sea…- piensas mientras te encoges en tu silla recogiendo tus rodillas en un abrazo. Esperas a oscuras a que se aburra y se vaya. Estás segura de que desistirá. Creerá sin duda que no hay nadie.

 Pero al amor no hay quien lo engañe ni lo detenga. No sabe de puertas, ni de muros, ni de miedos. No sabe del pasado ni del futuro, No sabe de edades ni de fronteras. No sabe de rumores ni de monsergas…

Y de pronto, un estruendo ensordecedor llena la casa de polvo. Se lleva por delante tu oscuridad, tu tristeza, tu orden, tu calma y tu estúpido refugio. Tratas de cerrar los ojos y de taparte los oídos de forma infantil, en un vano intento de esconderte para que no te encuentre. Todo se vuelve luz y una ráfaga de aire fresco con aroma de azahar revuelve por completo tu pelo. Abres los ojos despacio y te rindes. Otra vez estás perdida.

Sandra Oval.

Cienfuegos, Cuba.

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Viajar te cambia

Viajar te cambia

Cuando viajas se produce un extraño efecto mágico. Creces y empequeñeces al mismo tiempo. Creces, porque hay partes de ti que se expanden. El corazón se amplía y se estira como el cuero de un tambor, para hacer sitio a nuevas personas que se cuelan en él sin pedir permiso. Nuevos lugares se quedan para siempre a vivir en ti, porque ya no puedes dejar de sentirlos dentro, como una huella imborrable de la que no puedes desprenderte aunque quisieras…

Los sentidos se te disparan en una algarabía de sensaciones que ni siquiera intentas ordenar porque su caos te envuelve y te abandonas a él…

La mente se abre como un paracaídas cuando nuevas creencias, nuevos retos y nuevas experiencias empiezan a formar parte de lo que eres. Viajar te cambia. De pronto valoras cosas a las que antes no dabas importancia o en las que nunca habías reparado. Tomas conciencia de que lo que considerabas privilegios en tu vida, quizás no lo son tanto y de que en realidad, es probable que sin saberlo, estés viviendo con más carencias de las que pensabas, porque lo cierto es que de lo verdaderamente importante, tenemos demasiado poco…

Viajar te hace crecer, pero también te empequeñece. Te pone en tu sitio. Te ha ce sentir chiquito, ínfimo ante la magnitud de la naturaleza que descubres, ante la humildad y sencillez con la que sobreviven otros, ante la capacidad de disfrutar de las pequeñas cosas que algunos de nosotros hemos olvidado. Y es entonces, cuando desapareces ante la diferencia. El ego se calla y se queda sin argumentos porque a veces la vida, cuando quiere, es absolutamente contundente.

 Texto y Fotografía: Sandra Oval

 

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