¿Y si no tuvieras miedo?

¿Y si no tuvieras miedo?

Cuando llegué a Namibia y mis botas pisaron aquella tierra arenosa que gritaba África en estado puro, mi pensamiento voló inmediatamente a mi infancia. Me recordé sentada tantas veces en el sofá de mi casa, con la mirada fija en la pantalla de un televisor obsoleto que me invitaba a perderme en los vivos colores del continente negro (qué paradoja lo de los colores…) Recordé sin dificultad el amasijo de sentimientos encontrados que bullían en mi estómago, curiosidad, miedo, pasión, pero sobre todo recuerdo aquella falsa seguridad que me envolvía al ver las tribus de aquellos documentales. Montones de personas casi desnudas y descalzas que cantaban canciones en un dialecto incomprensible, a veces alrededor de un fuego, algunos con lanzas en las manos, muchos con sus rostros pintados…y yo los observaba en silencio, envuelta en un alivio absurdo, creyéndome a salvo en mi mundo infantil presuntamente seguro. Lo que logra hacer por ti la ignorancia…

La brisa salpicada de arena me trajo de vuelta al presente. Por fin estaba en África. Convertida en un adulto entrando de bruces a esa madurez que otorgan los años y la necesidad de saldar cuentas pendientes con uno mismo. Namibia me daba la bienvenida desplegando ante mis ojos su extraordinaria belleza y custodiando celosamente sus incontables tesoros, vida salvaje en absoluta libertad y aquellas gentes extrañas, con sus extrañas costumbres que lejos de infundirme miedo alguno, despertaron en mí el amor rotundo por la diferencia. Regalos eternos que seguían allí, esperando a ser descubiertos por aquella niña asustada que una vez fui. En mi mochila repleta de pasiones y certezas ya no quedaba sitio para el miedo…

La diversidad cultural de las etnias de este impresionante continente, es pura magia indescriptible de esa que te arrebata el corazón y jamás te lo devuelve. Algarabía de colores que enmascaran el silencio mudo de una tierra azotada por el dolor. Naturaleza en estado puro que nada esconde en sus llanuras salvo quizás, esa tácita condena a la desaparición que asoma tímida en las miradas profundas de esta tierra única, que lucha cada día por la supervivencia, mientras el mundo entero sigue mirando hacia otro lado…      Si alguien me hubiera preguntado hace 40 años qué haría si no tuviera miedo, le hubiera contestado: «…viajar a África…”

Texto: Sandra Oval

Fotografía: Juanma Izquierdo y Sandra Oval

 

Compartir
Puente hacia la felicidad

Puente hacia la felicidad

Espabila. El tiempo pasa y la vida sigue invitándote a que la vivas. No sé tú…pero yo me desperté un día y me di cuenta de que el tiempo tiene los días contados, de que a veces es ahora o nunca y de que prefiero arrepentirme de mis renglones torcidos que llorar por lo que se me quedó en el tintero. Que malo conocido no siempre vale más que bueno por conocer y que cientos volando son mucho más felices porque un pájaro atrapado se muere de tristeza.

Y si al final sólo se trataba de reír a carcajadas hasta que me doliera la quijada y de amar sin miramientos hasta que mis cicatrices acabaran convirtiéndose en condecoraciones de guerra? Y si después de todo, lo único importante era comerme a dentelladas la vida sin hacer preguntas y sin esperar respuestas?

Y si al final sólo se trataba de gastar el tiempo, de sumergirme en el ahora y vivir lo que sueño? Y si era tan fácil como hacerme una hoguera y quemar mis patéticas excusas y mis fantasmas inútiles y luego escupir en ella mi maldito hábito de quedarme varada en la rutina…? Y si tatuarme en el alma unas alas no era tan descabellado? 

Piérdete un poco, anda, que no siempre el camino que conoces te lleva a donde siempre quisiste estar. A veces hay que explorar y mirar a la cara al miedo, que los fantasmas nunca están ahí cuando uno enciende la luz. Y por favor…no mires atrás. Allí no hay nada nuevo y tú, ya no vas en esa dirección…

No sé tú… pero yo, hace un tiempo que solté amarras. Esas que me mantenían siempre a flote soñando con navegar mar adentro, pero continuamente dormida al abrigo del puerto. Decidí cruzar el puente hacia la felicidad y aunque suene a “carretera hacia el cielo”… te aseguro que aún no me he muerto. De hecho, estoy más viva que nunca.   Y si al final sólo se trataba de cerrar los ojos, abrir los brazos…y saltar? 

Compartir
Tú

Te admiro tanto…
Sí, a ti…que no te arrugas cuando hay que remangarse y echarle un par de ovarios a la vida, que siempre sonríes cuando la cosa se torna jodidamente complicada y sueltas un “bah, tampoco es un problema, verás que lo solucionamos…”
Y es verdad, lo solucionamos…
Te admiro. Porque siempre estás ahí diciéndome tira pa’lante muchacha…¿te vas acojonar ahora? Y tienes razón. Las cosas que se hacen con el corazón, siempre salen bien…
Me costó descubrir que existías, desde el principio, paralela a mi. Que siempre me hablabas con esa expresión ingenua, encogiéndote de hombros, sin entender mis miedos. Lo que yo percibía como un abismo insalvable para ti era una simple grieta en el asfalto que, de un simple salto, dejaríamos atrás sin necesidad de darle más importancia. Me has demostrado durante años que se puede vivir sin tener miedo, porque como tú siempre dices, «el miedo es como el fantasma que vive en el sótano, nunca está allí cuando enciendes la luz…»
¡¡Qué voy a hacer contigo…!! Eres una loca idealista, soñadora sin límites ni remedio. Un alma viajera que no me dejará quedarme quieta en un sitio, ¿verdad? Me arrastrarás sin descanso a impregnarme de cada rincón desconocido de este maravilloso planeta y me obligarás a crecer. No dejarás lugar a las dudas, ni a los juicios, ni a los prejuicios… Que cada palo aguante su vela, me dices siempre. Y tienes tanta razón…
Soltaremos amarras entonces. Miraremos horizontes escarlata juntas. Y le daremos prioridad a la VIDA por encima de todo. Porque al fin y al cabo, no tenemos otra cosa…
Texto: Sandra Oval
Compartir
El año maestro

El año maestro

Hasta donde me alcanza la memoria y cuando las cosas no salían como se habían previsto, recuerdo siempre escuchar a mi madre decir aquella frase, tan antigua como socorrida, de «el hombre propone y Dios dispone…»
A mí me repateaba los hígados, porque nada odiaba más que se desbaratara aquello que se había planeado con ilusión por pequeño que fuera y que a buen seguro, a mi me ayudaba a escapar momentáneamente de una infancia anodina y carente de diversión.
Tengo que reconocer que me ha costado lo mío aprender que las cosas siempre pasan por algo, así que no es difícil deducir que me he pasado media vida encochinada cuando, a pesar de haber puesto todo mi esfuerzo, las cosas no salieron como yo esperaba.
Ya me había olvidado de que «el camino se demuestra andando», cuando llegó el 2020…
Se presentó de primeras normal, de buen rollito, incluso. Como el profe chachi de instituto que de entrada quiere ir de moderno y enrollado para transmitir confianza. Pero después de algunas semanas y sin razón aparente, un día de marzo cambió de tercio sin previo aviso. Como un psicópata. Se tornó frío y estricto, como un maestro gris de la postguerra, enjuto y estirado, que se acerca silenciosamente a mi pupitre, me mira con severidad por encima de sus pequeñas gafas en precario equilibrio, justo en la punta de su nariz, para decirme con voz queda: «Oval, cierre el cuaderno: examen sorpresa»
Voces de Sal es el resultado de un año «maestro» de aislamiento, reajuste y adaptación que consiguió, tal como haría un mago con su chistera, que me atreviera a rebuscar en lo más profundo de mí misma y consiguiera sacar aquello que llevaba más de medio siglo oculto y sin ver la luz.
Quiero dar las gracias a todas y cada una de las maravillosas mujeres que han participado desinteresadamente en este proyecto y que lo han disfrutado. Espero que pronto alcance a muchas más.
Fotografía: Sandra Oval
Fotografía y texto: Sandra Oval
Compartir
Hermanas

Hermanas

No siempre crecemos con creyones en las manos para colorearnos la infancia. Pero algunos de nosotros conservamos, al mirar atrás, recuerdos de esos que sin saberlo entonces, se convierten en inolvidables y que como por arte de magia, son capaces de dibujarnos una sonrisa en los ojos cuando nuestra mirada adulta se pierde en el infinito si esos retazos del pasado nos embargan el alma sin permiso…
En todos y cada uno de esos recuerdos está siempre ella. Refugiada a menudo en su silencio inquebrantable que sólo rompía en ocasiones para imitar mis pasos, andaba siempre detrás de mí, saltando si yo saltaba, cantando si yo lo hacía, regalándome siempre su sonrisa si al girarme de pronto la sorprendía pisando mi estela…
Compartimos un camino con muchas más sombras que luces, en los que la imaginación, nos permitió escapar a un mundo inventado, inundado de colores y de sueños, en el que conseguimos, cogidas de la mano, refugiarnos juntas durante años. Un lugar al que volvemos de vez en cuando, ahora de otra manera. Ella escribiendo sus maravillosas novelas, yo atrapando almas con mi fotografía…
Ella siempre fue mi compañera de camino…y aún ahora, en la serenidad de la madurez, al abrazarla, vuelvo a perderme en sus ojos despiertos a la fantasía, porque mi hermana seguirá siendo siempre el arcoíris de mi infancia…
La Habana. Cuba.
Compartir