Suéltame

Suéltame

Suéltame. No intentes agarrarte de mí, yo no puedo quedarme. No quiero volver a anclarme ni echar raíces. No quiero comer perdices, tampoco cuentos de hadas, solo quiero abrir mis alas y jamás dejar de volar. Necesito cielo azul donde dibujar corazones, asfalto gastado donde quemar mis ruedas, arena que borre mis huellas y horizontes a los que mirar…

Suéltame. Ya no soy de nadie. No puedo quedarme esperando a que el atardecer me alcance. Necesito acariciar mis sueños y enterrar mis manos en tierra de nadie. Quiero el silencio de mis días grises, pisar los charcos, romper los planes, beberme el tiempo, escupir desaires, cambiar el rumbo, comerme el mundo y soltar amarras…

Suéltame. No quiero vivir escondida. Quiero andar por la vida sin disfraces ni costuras, sin suturas que me tiren de la piel y el corazón. Quiero ser la razón por la que despierto cada día, romper la baraja, atarme un pañuelo en el pelo, calzarme unas botas de cuero, subirme en la moto que me vendieron un día, acelerar a fondo…y no volver la vista atrás…
Texto: Sandra Oval

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El cementerio del desierto

El cementerio del desierto

Llegar al desierto más antiguo del mundo despierta en tu interior una sensación extraña. El silencio se abre paso por la boca de tu estómago invadiéndote una profunda serenidad difícil de explicar. La inmensidad de su imponente presencia te convierte al instante en un ser vulnerable y expuesto a merced de la arena, la única que ostenta la autoridad más absoluta en un rincón del mundo en el que el tiempo permanece detenido por castigo…

El dramático paisaje del Deadvlei despliega ante tus ojos el escenario sobrecogedor de un cementerio olvidado. Tétrico y fantasmagórico retazo del recuerdo, los árboles muertos del Deadvlei, de 900 años de antigüedad, elevan sus ramas secas hacia el cielo africano. Fantasmas erguidos en un tributo a la vida,  se niegan a abandonar la cuenca seca de un pantano escondido, otrora espejo de las estrellas del sur, custodiado por las dunas más elevadas y más antiguas del mundo.

En este lugar se mezclan la muerte y la supervivencia. La nostalgia del pasado y la magia del presente. Colores imposibles que contrastan entre sí de forma caprichosa en la que todos ellos rivalizan en protagonismo. Se te pierde la mirada entre tanta belleza. Cada cadáver es una fotografía, cada fantasma una historia, un impactante homenaje a la arbitrariedad de la naturaleza…

Hay lugares que uno jamás debería perderse. Lugares con alma que susurrarán dentro de la tuya para siempre…Nos marchamos del desierto del Namib en silencio, casi con miedo a volver la mirada y que, en un descuido, su energía nos atrapara sin clemencia y sus fantasmas nunca nos dejaran salir de allí.

Sin embargo, ahora que ya estamos en casa…sólo pensamos en volver…

Texto y Fotografía: Sandra Oval

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Kolmanskop. La ciudad olvidada.

Kolmanskop. La ciudad olvidada.

Llegamos a Kolmanskop por la tarde. Esperábamos poder fotografiar la famosa ciudad fantasma al atardecer, con esas luces mágicas a las que yo soy tan adicta. Sin embargo nos encontramos con una valla que nos impedía el paso y un guarda ensimismado barriendo arena alrededor de una garita solitaria donde, en principio, podríamos adquirir el permiso para entrar por la mañana.

Mientras Pocket, mi compañero, se bajaba del coche para preguntar si podíamos pasar, me quedé pensando en si realmente aquel hombre de uniforme desgastado estaba barriendo la arena del desierto. El mismo desierto imponente que nos rodeaba en aquel momento a los tres y que invadía por completo la ciudad fantasma de Kolmanskop que esperaba, justo delante de nosotros,  en el más absoluto abandono. ¿Está barriendo el desierto? ¿En serio?

A la mañana siguiente y después de desayunar un café recién hecho y un poco de pan con mantequilla, nos dirigimos a la pequeña ciudad fantasma. Construida a principios del siglo XX para alojar a las familias de mineros de diamantes de la zona, sucumbía triste al embate del tiempo y al asedio de un desierto indómito que sin pedir permiso, la iba enterrando lentamente bajo toneladas de arena. 

No había nadie cuando llegamos. Amanecía. Sacamos nuestras cámaras, nos echamos las mochilas a espalda y tomamos direcciones diferentes. 

Kolmanskop nos abrió de par en par las puertas de sus historias enterradas bajo el olvido. Y nosotros nos olvidamos del tiempo. Nos perdimos entre sus paredes descoloridas y los tristes suelos de madera que crujían como ahogados lamentos bajo nuestros pies. Las voces de los niños correteando por las estancias ahora desoladas, retumbaban en el eco del silencio sólo interrumpido por el aullido del viento que, deslizándose entre las bisagras oxidadas de las escasas puertas que aún quedaban en pie, parecía ser el único habitante permanente de aquel aciago lugar.

Como si el tiempo pudiera plegarse, se abrió ante mi un escenario repleto de vidas ajenas. De pronto había luz en las estancias, los colores emergieron de las paredes,  los tablones del suelo, encerados. A mi alrededor, alacenas llenas de platos, libros amontonados, colchas sobre las camas, juguetes por el suelo, bullicio en la cocina. Ruido.

Sin poder evitarlo, en cada rincón, en cada recoveco, me fueron invadiendo los susurros del pasado. Mujeres pariendo a la luz de los candiles, aromas de rebanadas de pan caliente y café recién hecho flotando escaleras arriba, confesiones escondidas entre páginas de un diario furtivo oculto bajo el colchón, amores clandestinos, canciones de cuna, sueños imposibles…

De repente me convertí en un espectador privilegiado, pasaba completamente desapercibida entre ellos, invisible a sus ojos, disfrutando de aquel ir y venir de vidas trenzadas en historias de amor, dolor y esperanza. Quizás porque ellos no me veían a mí, me sentí libre de observar y escuchar sin pudor. Y fue entonces cuando caí en la cuenta del ruido que hacen los demás en nuestras vidas. Un ruido al que nunca prestamos atención, salvo cuando nos invade el implacable silencio que deja en el alma la ausencia de alguien. Y de pronto te quedas sin luz, se apagan los colores y te entierras en el olvido. 

Mientras aquellas tristes paredes me contaban sus historias. Me senté en aquel desvencijado suelo de madera cubierto de arena y escuché en silencio y sin prisas, todas las historias que aquellas paredes olvidadas quisieron contarme a través de mi objetivo.

Texto y Fotografías: Sandra Oval

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Puente a la felicidad

Puente a la felicidad

Espabila. El tiempo pasa y la vida sigue invitándote a que la vivas. No sé tú…pero yo me desperté un día y me di cuenta de que el tiempo tiene los días contados, de que a veces es ahora o nunca y de que prefiero arrepentirme de mis renglones torcidos que llorar por lo que se me quedó en el tintero. Que malo conocido no siempre vale más que bueno por conocer y que cientos volando son mucho más felices porque un pájaro atrapado se muere de tristeza.

Y si al final sólo se trataba de reír a carcajadas hasta que me doliera la quijada y de amar sin miramientos hasta que mis cicatrices acabaran convirtiéndose en condecoraciones de guerra? Y si después de todo, lo único importante era comerme a dentelladas la vida sin hacer preguntas y sin esperar respuestas?


Y si al final sólo se trataba de gastar el tiempo, de sumergirme en el ahora y vivir lo que sueño?
Y si era tan fácil como hacerme una hoguera y quemar mis patéticas excusas y mis fantasmas inútiles y luego escupir en ella mi maldito hábito de quedarme varada en la rutina…?
Y si tatuarme en el alma unas alas no era tan descabellado? 

Piérdete un poco, anda, que no siempre el camino que conoces te lleva a donde siempre quisiste estar. A veces hay que explorar y mirar a la cara al miedo, que los fantasmas nunca están ahí cuando uno enciende la luz. Y por favor…no mires atrás. Allí no hay nada nuevo y tú, ya no vas en esa dirección…

No sé tú… pero yo, hace un tiempo que solté amarras. Esas que me mantenían siempre a flote soñando con navegar mar adentro, pero continuamente dormida al abrigo del puerto. Decidí cruzar el puente hacia la felicidad y aunque suene a “carretera hacia el cielo”… te aseguro que aún no me he muerto. De hecho, estoy más viva que nunca.   Y si al final sólo se trataba de cerrar los ojos, abrir los brazos…y saltar? 

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Atrapados en la Costa de los Esqueletos

Atrapados en la Costa de los Esqueletos

África es África. Todo puede pasar…y muchas veces pasa. La Costa de los Esqueletos nos esperaba con sus calaveras disuasorias y dos tibias cruzadas recordándonos las razones por las que se llama como se llama. Obviamente, ahora es un paraje protegido de Namibia, celosamente custodiado para garantizar la seguridad de quien la cruza. Y claro está, nosotros la cruzamos.

Más de seiscientos kilómetros de costa donde el desierto del Namib termina a los pies del océano. Un lugar mítico donde hasta hace relativamente pocos años, la corriente del Benguela arrastraba a los barcos a una muerte segura en la costa namibiana y en la que los náufragos supervivientes eran engullidos por las dunas implacables de un desierto sin piedad. De ahí su nombre. Cientos de esqueletos de humanos y de barcos encallados en la costa maldita, salpicaban un territorio tan bello como espeluznante.

Llevábamos nuestros equipos fotográficos preparados para disparar en cuanto empezáramos a ver los primeros restos. La carretera de grava y sal, se perdía delante de nuestros ojos paralela al mar. Nos fuimos adentrando kilómetros y kilómetros hacia el norte, rumbo a la nada. A nuestra derecha, el desierto parecía estar vigilando de cerca a aquellos desconocidos que osaban poner los pies en sus dominios. A nuestra izquierda, el océano se intuía bajo una espesa niebla plomiza que iba avanzando rápidamente hacia nosotros.  Estábamos solos. Nos quedamos callados para dejar que el silencio atronador de aquel lugar nos invadiera las entrañas. Arena y más arena frente aquél océano fantasmal e infinito.

Fue entonces, cuando una bandada de miles de pájaros negros atrajo nuestra curiosidad fotográfica y nos salimos espontáneamente de la carretera rumbo a la orilla para verlos de cerca. Nuestro 4×4 podía perfectamente atravesar la arena suelta sin problema o eso creíamos. Así que nos acercamos a la orilla para fotografiar y grabar vídeo de aquella magnífica expresión de la naturaleza. Cuando intentamos arrancar el todoterreno de nuevo, estábamos atrapados en la arena. 

Un par de intentos fallidos nos dejaron más hundidos aún y nos vimos como Jesús Calleja, atrapados en Namibia. ¿No queríamos aventura? Ahora sólo faltaba que nos viéramos obligados a dormir en nuestra tienda de campaña en medio de la nada y que los míticos leones del desierto namibiano, hicieran acto de presencia para hacernos compañía. Guau!!! Tendríamos la oportunidad de sacar una foto para el National Geographic!!!

Pero no…no pasó nada de eso. Al cabo de un rato de estar escarbando bajo las ruedas, mi compañero con una pala y yo con mi taza de aluminio del desayuno, apareció de la nada un pescador con un 4×4 similar al nuestro, varias cañas de pescar y muchos más conocimientos que nosotros de la costa de Namibia. Nos sacó de allí sin mayor problema, se tomó con nosotros una cerveza y nos explicó cómo hacer para no volver a tener aquel tipo de incidentes, entre otras cosas, llevar la presión de las ruedas adecuada.

Pusimos rumbo al norte sin perder más tiempo. Teníamos muchos kilómetros por delante y la noche no tardaría en darnos alcance. Atravesamos la Costa de los Esqueletos sin cruzarnos con nadie más, sintiendo la soledad  brutal que se cierne sobre la pequeñez del ser humano ante la inmensidad grandiosa de la naturaleza, viajamos bajo aquella niebla espesa y fantasmagórica que ocultaba, con toda probabilidad, las taimadas pupilas felinas de los que viven, dominando en la sombra, aquel territorio mágico. 

Texto y fotografía: Sandra Oval

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