Poca memoria

Poca memoria

Poca memoria, cuando respiramos olvido. Y dejamos atrás las voces de los que antes que nosotros, recorrieron el camino. Gladiadores de la libertad, la diversidad, la tolerancia, la diferencia, la cultura, la investigación. Cuestionados, perseguidos, sometidos, injuriados y discriminados todos ellos por luchar por lo que hasta ayer nosotros considerábamos irrenunciable. Y hablamos de ayer, que no hace tanto tiempo.
El olvido es el cloroformo con el que dormimos la conciencia. No mirar atrás, mantiene intactas las razones para claudicar al miedo. Sálvese quien pueda. Eso es lo que hacemos. Sin importarnos el precio que finalmente paguemos. Y volvemos a pensar lo que quieren que pensemos. Y a buscar culpables de nuestro propio miedo.
Volvemos a estar en guerra. Otra guerra injusta, como todas. Otra guerra igual, con estrategas de despacho, soldados de a pie y la eternamente frágil población civil.
Los primeros, como siempre, ajenos al dolor y la miseria, se llenan la boca con falsas promesas populares para convencer al pueblo y convertirlo en instrumento de su propia ambición política.
Los segundos, obedientes profesionales que acatan órdenes exponiéndose en las trincheras, a menudo sin entender la razón por la que luchan contra un supuesto enemigo que hasta ayer, no lo era.
Y el resto somos la gran mayoría. Perpetuamente divididos entre un bando y el otro. Abducidos por el miedo, la ignorancia y las cantidades ingentes de demagogia barata que chorrean nuestros gobernantes a partes iguales. Torpes espías de balcón sin memoria, abanderados únicamente con las razones de otros y condenados a buscar culpables para justificar tanto nuestra cobardía como nuestra falta de criterio.
Poca memoria, cuando respiramos olvido. Que no todo vale, ni en el amor ni en la guerra.
La historia nos exhorta desde el pasado que no volvamos a repetirla. Voces valientes que no hace tanto, se apagaron luchando por la libertad de pensar, la libertad de elegir y la libertad de ser, nos gritan desde el rumor de su legado. BASTA.
El enemigo no es la muerte. Ni es tu hermano, ni tu vecino.
El enemigo siempre es el miedo a vivir y el miedo a decir BASTA.
Fotografía y texto: Sandra Oval
Compartir
Aunque no abras la puerta

Aunque no abras la puerta

Y ocurre a veces, que un día cualquiera y sin esperarlo, el amor vuelve a llamar a tu puerta. Te acercas despacio, casi sin hacer ruido. Aguantas la respiración, no quieres que nadie sienta al otro lado que todavía queda alguien dentro, refugiado en el silencio de una soledad elegida. Abres la mirilla con mucho cuidado de que no chirríe y miras a través de ella la imagen curvada al otro lado del cristal. Allí está. Esperando. Un escalofrío te recorre la espalda y se te apretuja el estómago. Sí, no hay duda. Es el amor de nuevo, maldita sea…

Estás paralizada. No te atreves a moverte. Pero bajo ningún concepto dejarás que descubra que allí hay un corazón superviviente que aún late y no ha muerto del todo. No dejarás que vuelvan a herirlo, porque sabes que está vez podría ser mortal. No vas a permitir que nada ni nadie vuelva a perturbar la calma que tanto te costó conseguir.

Te retiras despacio de la puerta, arrastrando los pies para esconder las pisadas. Buscas de nuevo, al fondo de la casa, tu pequeño rincón a oscuras al arrullo de una calma vacía. Eterna luna menguante, que acuna sueños de amor tratando de que por fin se duerman…

 

 

 

– Se irá…- piensas- El amor es impaciente y se aburre con facilidad. Se irá cuando las cosas se pongas difíciles.

 Pero esta vez el amor insiste y vuelve a llamar. Con más firmeza, más seguido. Esta vez llega con fuerza, seguro e inquebrantable. Sabe que estás dentro y no parece tener intención de marcharse. Nadie se lo ha dicho, pero tiene la certeza de que siempre lo esperaste y que a pesar de los años y del dolor, nunca dejaste de creer en él.

Silencio. No te atreves ni a moverte. No pestañeas. No respiras.

 – Vete. Vete, maldita sea…- piensas mientras te encoges en tu silla recogiendo tus rodillas en un abrazo. Esperas a oscuras a que se aburra y se vaya. Estás segura de que desistirá. Creerá sin duda que no hay nadie.

 Pero al amor no hay quien lo engañe ni lo detenga. No sabe de puertas, ni de muros, ni de miedos. No sabe del pasado ni del futuro, No sabe de edades ni de fronteras. No sabe de rumores ni de monsergas…

Y de pronto, un estruendo ensordecedor llena la casa de polvo. Se lleva por delante tu oscuridad, tu tristeza, tu orden, tu calma y tu estúpido refugio. Tratas de cerrar los ojos y de taparte los oídos de forma infantil, en un vano intento de esconderte para que no te encuentre. Todo se vuelve luz y una ráfaga de aire fresco con aroma de azahar revuelve por completo tu pelo. Abres los ojos despacio y te rindes. Otra vez estás perdida.

Sandra Oval.

Cienfuegos, Cuba.

Compartir
Tú

Te admiro tanto…
Sí, a ti…que no te arrugas cuando hay que remangarse y echarle un par de ovarios a la vida, que siempre sonríes cuando la cosa se torna jodidamente complicada y sueltas un “bah, tampoco es un problema, verás que lo solucionamos…”
Y es verdad, lo solucionamos…
Te admiro. Porque siempre estás ahí diciéndome tira pa’lante muchacha…¿te vas acojonar ahora? Y tienes razón. Las cosas que se hacen con el corazón, siempre salen bien…
Me costó descubrir que existías, desde el principio, paralela a mi. Que siempre me hablabas con esa expresión ingenua, encogiéndote de hombros, sin entender mis miedos. Lo que yo percibía como un abismo insalvable para ti era una simple grieta en el asfalto que, de un simple salto, dejaríamos atrás sin necesidad de darle más importancia. Me has demostrado durante años que se puede vivir sin tener miedo, porque como tú siempre dices, «el miedo es como el fantasma que vive en el sótano, nunca está allí cuando enciendes la luz…»
¡¡Qué voy a hacer contigo…!! Eres una loca idealista, soñadora sin límites ni remedio. Un alma viajera que no me dejará quedarme quieta en un sitio, ¿verdad? Me arrastrarás sin descanso a impregnarme de cada rincón desconocido de este maravilloso planeta y me obligarás a crecer. No dejarás lugar a las dudas, ni a los juicios, ni a los prejuicios… Que cada palo aguante su vela, me dices siempre. Y tienes tanta razón…
Soltaremos amarras entonces. Miraremos horizontes escarlata juntas. Y le daremos prioridad a la VIDA por encima de todo. Porque al fin y al cabo, no tenemos otra cosa…
Texto: Sandra Oval
Compartir
El año maestro

El año maestro

Hasta donde me alcanza la memoria y cuando las cosas no salían como se habían previsto, recuerdo siempre escuchar a mi madre decir aquella frase, tan antigua como socorrida, de «el hombre propone y Dios dispone…»
A mí me repateaba los hígados, porque nada odiaba más que se desbaratara aquello que se había planeado con ilusión por pequeño que fuera y que a buen seguro, a mi me ayudaba a escapar momentáneamente de una infancia anodina y carente de diversión.
Tengo que reconocer que me ha costado lo mío aprender que las cosas siempre pasan por algo, así que no es difícil deducir que me he pasado media vida encochinada cuando, a pesar de haber puesto todo mi esfuerzo, las cosas no salieron como yo esperaba.
Ya me había olvidado de que «el camino se demuestra andando», cuando llegó el 2020…
Se presentó de primeras normal, de buen rollito, incluso. Como el profe chachi de instituto que de entrada quiere ir de moderno y enrollado para transmitir confianza. Pero después de algunas semanas y sin razón aparente, un día de marzo cambió de tercio sin previo aviso. Como un psicópata. Se tornó frío y estricto, como un maestro gris de la postguerra, enjuto y estirado, que se acerca silenciosamente a mi pupitre, me mira con severidad por encima de sus pequeñas gafas en precario equilibrio, justo en la punta de su nariz, para decirme con voz queda: «Oval, cierre el cuaderno: examen sorpresa»
Voces de Sal es el resultado de un año «maestro» de aislamiento, reajuste y adaptación que consiguió, tal como haría un mago con su chistera, que me atreviera a rebuscar en lo más profundo de mí misma y consiguiera sacar aquello que llevaba más de medio siglo oculto y sin ver la luz.
Quiero dar las gracias a todas y cada una de las maravillosas mujeres que han participado desinteresadamente en este proyecto y que lo han disfrutado. Espero que pronto alcance a muchas más.
Fotografía: Sandra Oval
Fotografía y texto: Sandra Oval
Compartir
Hermanas

Hermanas

No siempre crecemos con creyones en las manos para colorearnos la infancia. Pero algunos de nosotros conservamos, al mirar atrás, recuerdos de esos que sin saberlo entonces, se convierten en inolvidables y que como por arte de magia, son capaces de dibujarnos una sonrisa en los ojos cuando nuestra mirada adulta se pierde en el infinito si esos retazos del pasado nos embargan el alma sin permiso…
En todos y cada uno de esos recuerdos está siempre ella. Refugiada a menudo en su silencio inquebrantable que sólo rompía en ocasiones para imitar mis pasos, andaba siempre detrás de mí, saltando si yo saltaba, cantando si yo lo hacía, regalándome siempre su sonrisa si al girarme de pronto la sorprendía pisando mi estela…
Compartimos un camino con muchas más sombras que luces, en los que la imaginación, nos permitió escapar a un mundo inventado, inundado de colores y de sueños, en el que conseguimos, cogidas de la mano, refugiarnos juntas durante años. Un lugar al que volvemos de vez en cuando, ahora de otra manera. Ella escribiendo sus maravillosas novelas, yo atrapando almas con mi fotografía…
Ella siempre fue mi compañera de camino…y aún ahora, en la serenidad de la madurez, al abrazarla, vuelvo a perderme en sus ojos despiertos a la fantasía, porque mi hermana seguirá siendo siempre el arcoíris de mi infancia…
La Habana. Cuba.
Compartir